miércoles, mayo 16, 2018

La lucha interna de Daniel Ortega

La lucha interna de Daniel Ortega

Las protestas en las calles de Nicaragua acorralan al presidente

Era la madrugada del 26 de Febrero de 1990. Hacía un gélido frío artificial -típico de los aires acondicionados del trópico- en el Centro de Convenciones Olof Palme. La prensa local y extranjera, y simpatizantes de la Revolución Popular Sandinista, lucían angustiados y desvelados. El ambiente, lúgubre.
Rodeado de su entourage, un mustio y disciplinado comandante Daniel Ortega Saavedra, ataviado con jeans y blusa de campaña, cual “gallo ennavajado” -como le llamaba una popular canción de su propaganda electoral- entra al lugar en silencio.
Se sienta y lanza la noticia que tenía al mundo en vilo.

“Quiero expresarle a todos los nicaragüenses y a los pueblos del mundo que el presidente de Nicaragua, el pueblo de Nicaragua, va a acatar el mandato popular emanado por la votación en estas elecciones”.
Para el FSLN, 40,2% de los votos. Para la Alianza opositora UNO, con Violeta Barrios de Chamorro a la cabeza, 55,2%, una tajante victoria.
La decisión de aceptar el resultado electoral fue de la Dirección Nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), pero Ortega (La Libertad, Nicaragua, 1945) era el presidente legítimo tras un triunfo electoral cinco años antes y se llevó las palmas.
Ha sido su momento público más luminoso y también el momento que empezó a librar su batalla interna.
Al día siguiente, un Ortega alterado se presentó en la oficina de Sergio Ramírez Mercado, su vicepresidente, hoy Premio Cervantes 2018. Era un error entregar el poder, le dijo. Así lo cuenta Ramírez en Adiós Muchachos, donde narra por qué se separó de sus antiguos compañeros.
Ortega no solo había perdido las elecciones, sino lo más importante, el poder revolucionario al estilo leninista.
Mientras el país se preparaba para una transición pacífica de un sistema totalitario a una democracia, Ortega empezaba su lucha por “gobernar desde abajo” y luego regresar al mando institucional como jefe de Estado.
Su conflicto interno entre el político conciliador y el guerrillero preso por siete años tras robar un banco como dirigente clandestino urbano contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle y finalmente liberado por sus compañeros sandinistas en 1974, había empezado.

Tras haber logrado reinstalarse como presidente de un régimen centralista y autoritario durante otros 11 años, Ortega parece acorralado entre su discurso de paz y la realidad en las calles, que ha dejado un saldo de al menos 40 víctimas mortales, la mayoría jóvenes pero también un periodista y –hasta donde se sabe- dos policías.
Con las instituciones y los poderes del Estado desmantelados, la oposición cooptada, el sistema autocrático estable que Ortega ha diseñado, de la mano de la empresa privada, y mantenido en gran parte por el generoso financiamiento venezolano, hoy parece a punto de colapsar.
Hasta hace unos dos años, Nicaragua era el paraíso de los inversionistas en Centroamérica; un país en paz, con seguridad y estabilidad económica. El único del istmo sin guerrillas urbanas ni violencia en las calles.
El mérito del Daniel pragmático fue diseñar un modelo de poder corporativista tras aprender “lecciones del gobierno de la revolución” y reconocer la existencia de “poderes fácticos”, reflexiona el periodista y analista Carlos Fernando Chamorro, ahora paladín de la libertad de prensa como su padre Pedro Joaquín Chamorro, y antes, director de Barricada, órgano oficial del FSLN en el poder.
Chamorro se refería a las alianzas con Estados Unidos, el “imperialismo” que Ortega y los sandinistas antes llamaban “enemigos de la humanidad”; la empresa privada, con la que hasta ahora, su Gobierno llevaba la fiesta en paz y prosperidad, y ahora la Iglesia, que a partir de las masacres que empezaron con una marcha pacífica el pasado 18 de abril, se ha convertido en un “aliado opositor”, convocando a la paz y al diálogo.
Fue al día siguiente de esa primera protesta de abril que estalló el “terremoto” provocado por un nuevo actor, el ahora llamado Movimiento Estudiantil 19 de Abril. Desde entonces, la paz “cristiana, solidaria y socialista” de la “dictadura familiar Ortega-Murillo” sufre su primera gran crisis, que tomó a todos, justos y pecadores, por sorpresa.
El detonante fue una reforma al sistema de salud que solo afecta a un 20% de la población económicamente activa, pero el anuncio sucedió tras una acumulación de agravios contra el Gobierno.
El desprecio oficial tras la quema de 6.000 hectáreas de bosques vírgenes de la Reserva Biológica Indio Maíz y el rechazo a recibir ayuda de bomberos de la vecina Costa Rica fueron los primeros temblores que sacudieron los cimientos del orteguismo.
No fueron los jóvenes ecologistas los primeros que sonaron las alarmas sísmicas.
Ya antes, grupos de campesinos se habían movilizado contra la construcción de un multimillonario canal interoceánico, proyecto que ahora tambalea. Algunos escucharon las alarmas dentro de Nicaragua y en el extranjero. Muchos más las difundieron en las redes sociales.
Para el FSLN controlado por Ortega desde su residencia en la Colonia del Carmen en Managua, antes propiedad del empresario Jaime Morales Carazo, todo lo que sea contra su Gobierno es una “conspiración pagada por el imperialismo yanqui” promovida por sus secuaces en el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), creado por Ramírez y ahora en manos de sandinistas “no danielistas”.
Cuando las protestas inundaron las calles del país, también estalló la represión sin tregua de “una combinación de fuerzas paramilitares y una policía sin liderazgo institucional, no porque esté politizada, sino porque no tiene mando”, argumenta Chamorro.
Pero una ley reformada por Ortega en 2014 señala que el jefe supremo de la Policía, que junto con el Ejército era la joya de la corona de la transición en los 90, es Daniel Ortega.
Todo indica que la lucha interna de Ortega, quien hace muchos años reconoció que entraba al juego político en Nicaragua con reglas que no eran las suyas, siempre lo ha invadido.
La lucha interna de Daniel Ortega
No está claro si su estrafalaria esposa Rosario Murillo, ahora su asesora incondicional como vicepresidente, lo ha ayudado o todo lo contrario. Muchos sandinistas históricos, ahora sus opositores, aseguran que la lealtad de la Chayoa Daniel frente a las graves acusaciones de abuso sexual de su hija Zoilamérica Narváez Murillo, le facilitó obtener el poder del que ahora goza.
Sin duda la todavía poeta despliega un enorme protagonismo, ofensivo para muchos, tanto en el Gobierno, a lo interno del FSLN y en la sociedad civil. Llama la atención que ninguna autoridad se ha pronunciado contra la destrucción de las hasta ahora 11 estructuras metálicas -Chayopalos o Árboles de la Vida- que decoraban Managua, símbolo del poder de Ortega instalados por Murillo. La gente ha puesto plantas en su lugar.
“Ella será la cara pública, pero él toma las decisiones claves”, asegura una fuente política.
Para Murillo, como para muchos en el Gobierno, los responsables del estallido callejero contra la medida de salud fueron “mentes mezquinas, pequeñas”, “pandilleros financiados por la derecha” que buscan desestabilizar la sólida base popular que aún mantiene el gobierno.
Los nuevos actores, claves en esta tragedia, son estudiantes apartidistas que piden, ante y sobre todo, justicia de inmediato (una investigación imparcial con presencia internacional de la ONU, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos y la creación de una Comisión de la Verdad independiente para investigar las muertes de sus compañeros) y elecciones adelantadas.
Tras las masacres aún sin investigar en su mayoría y las calles revueltas –los orteguistas han estado callados, pero sus vídeos en redes sociales han dejado claro que no están dispuestos a ceder “a la derecha”-, una salida pacífica solo sería viable si acepta un diálogo nacional con presencia internacional así como con notables no afines al Gobierno.
Opositores como Dora María Téllez, la legendaria comandante dos de la toma sandinista del Palacio Nacional en 1978, ahora integrante del MRS, asegura que Ortega nunca aceptará esa salida. “Si se sienta a dialogar sabe que entra a una situación terminal”.
El pasado miércoles 9 de mayo estalló una enorme marcha pacífica de cientos de miles de personas en la capital, Managua, donde la consigna fue la salida de Ortega y Murillo. La ausencia de policías fue notoria. No hubo violencia, mucho menos muertos o heridos.
La página del FSLN, 19 Digital, cuya voz de mando es Murillo, ha publicado fotos donde la bandera nacional azul y blanca se funde con la rojinegra, en lo que expertos en Photoshop aseguran es un retoque. En vídeos y fotos de medios independientes nicaragüenses (es decir, opositores a Ortega) así como de gente del común que asistió a la marcha, ha quedado claro que el color azul y blanco predominó por mucho.
A pesar del silencio de Ortega desde el pasado 30 abril, hay señales de que su Gobierno estaría dispuesto a aceptar algunas de las condiciones de los estudiantes. Pero no la salida de la pareja Ortega-Murillo. La Comisión de la Verdad oficial ha anunciado que incluirá a organismos internacionales de derechos humanos, incluyendo la CIDH, para que apoyen la investigación de los asesinatos.
“Una combinación de movilización, diálogo y presión internacional podría lograr [una transición pacífica]”, agrega Téllez.
Analistas locales aseguran que el presidente seguirá empeñado en “atornillarse” en el poder.
Si triunfa este escenario, la lucha interna de Ortega la habría ganado el guerrillero y dirigente urbano que lleva como segunda piel el todavía jefe del Estado.

sábado, marzo 03, 2018

Contramemoria, la otra historia de la Contra nicaragüense


La investigadora Irene Agudelo rescata en un libro el pasado campesino y no mercenario de quienes lucharon contra el Frente Sandinista en los años 80

MARÍA LOURDES PALLAIS

Corría el año 1986. La guerra contra el gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional estaba en su punto álgido. Roger Lancaster, un autor estadounidense habló con un joven del entonces Ejército Popular Sandinista. “Si los Estados Unidos invaden Nicaragua,'vamos a palmar (matar) a los marines como hace Rambo”, le dijo el soldado al extranjero.

La anécdota “ofrece un interesante ejemplo sobre la dimensión corporal de la masculinidad guerrera dominante en la Nicaragua de los años 80”, escribe la investigadora Irene Agudelo (Managua, 1971) en su polémico libro recién publicado Contramemoria discurso e imágenes sobre/desde la Contra 1979-1989 (IHNCA-UCA).

En su investigación, Agudelo, exmilitante de la Juventud Sandinista, hoy sin afiliación política, busca rescatar la memoria de la Contra, el grupo de nicaragüenses financiados por la CIA que luchaba contra los comandantes guerrilleros que gobernaban el país. Su motivación para escribir el libro fue entender por qué muchos eran campesinos cuando la revolución se había hecho teóricamente en su defensa.

La intención de la autora era “devolverles” a la tropa de la Contra su “condición de nicaragüenses” que perdieron cuando el discurso oficial los calificó de “mercenarios”, “invasores”, “ex guardias somocistas”, “genocidas”, etcétera.

Agudelo no niega que “en cierto momento de la historia” los contras fueran ex guardias somocistas. Pero para mediados de los 80, combatientes de un lado y otro del conflicto se percataron de que peleaban entre nicaragüenses, no contra marines.

El germen del libro nació cuando su autora notó el “repliegue” o “desencanto” de los nicaragüenses de su generación, otrora apasionados sandinistas y ahora dedicados a “actividades privadas”, cuando descubrieron quiénes eran realmente los contra, esos supuestos “enemigos”. El discurso oficial sandinista “aún no ha reconocido que la Contra era el campesino mismo”, escribe Agudelo.

En el momento de su desmovilización y reinserción a la vida civil, el 72% de los Contra eran campesinos, según la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación de la OEA de 1998. La misma fuente revela que el 60% tenía menos de 25 años de edad.
Mujer contra antes de la batalla en la frontera de Nicaragua con Honduras. IHNCA-UCA, ARCHIVO HISTÓRICO, FONDO ARTURO ROBLES.

Han pasado casi tres décadas y Nicaragua no se ha curado de las heridas de la guerra. El país sigue profundamente polarizado. A raíz de la publicación del libro de Agudelo, un artículo de un diario local lleva como título La Contra no era solo un ejército de malos y los comentarios de los lectores en redes sociales hablan de “mercenarios” de ambos lados del conflicto, con insultos mutuos.

Agudelo escarba también en la participación, en algunos casos “brillante”, de la mujer nicaragüense en la tropa Contra, no en su faceta romántica sino como combatiente y en redes de inteligencia. Los datos varían, pero algunos historiadores aseguran que en 1990 había más de un 30% de mujeres.

“Para mí fue una sorpresa. La guerra había sido relatada en masculino. El convencimiento de que para estar a la par de estos hombres ellas tenían que superarlos en muchas cosas me generó mayor curiosidad de conocer esas vidas y sus motivaciones”, afirma Agudelo.

jueves, noviembre 16, 2017

El político que no lo fue. Los colaboradores y amigos de Ramírez ven sus años de vicepresidente como una “década perdida”



La altura de Sergio Ramírez Mercado es mucho más que física. Y aunque las comparaciones son odiosas, la suya lo ubica al lado de gigantes como Julio Cortázar y Rubén Darío. Mide más de seis pies pero su estatura moral se eleva varios centímetros más.
Nadie duda que ese hombre de andar y hablar pausado, casi andino, pero alto, altísimo, y muy centroamericano, fue un militante comprometido y protagonista del ahora desprestigiado Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN, siglas que han dejado un mal sabor para muchos) hasta que, a fines del siglo pasado, se retiró de la política para dedicarse de lleno a la literatura.
En Nicaragua, su Nicaragüita, muchos recuerdan los años (no fueron pocos) que acompañó a Daniel Ortega Saavedra como vicepresidente. Antes y después del triunfo de la Revolución Sandinista (19 de julio de 1979), formó parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, presidió el Consejo Nacional de Educación y en 1981, fundó la Editorial Nueva Nicaragua.
Antes, fue opositor a la dictadura de Anastasio Somoza Debayle y también líder del Grupo de los Doce, integrado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y políticos que apoyaban el entonces osado Frente Sandinista de Liberación Nacional.
En 1984, fue elegido a la vicepresidencia de Nicaragua como compañero de fórmula de Daniel Ortega. Por años, fue su consejero. Ramírez era quien el entonces primus inter pares de los nueve comandantes sandinistas que gobernaban Nicaragua escuchaba antes que a nadie. Muchos aseguran que de hecho, el Daniel Ortega de entonces fue hecho a modo por Sergio Ramírez.
Pero hoy por hoy solo algunos pocos recordamos cuando bailaba al lado del ahora dictador nicaragüense en la campaña fallida de 1990. Eran siempre Daniel, el Gallo Ennavajado, y el Doctor Ramírez, una pareja dispareja que hasta ese fatídico año había logrado mantenerse en el poder en una Nicaragua asediada por la guerra de la contra financiada por la CIA.
Aunque su participación en la Revolución Sandinista no ha pasado desapercibida, Ramírez, el más fiel consejero de Ortega hasta 1990, no es —ni fue— un político. Hoy, con más 20 libros, cuentos y novelas en su haber, asegura que nunca se ha sentido un “animal político”. Es más, prefiere no ser asociado con la política. Sus más cercanos colaboradores y amigos aseguran sus años como vicepresidente fueron una “década perdida” para un hombre que nació para ser escritor y fue un político de paso.
Aquel militante comprometido y protagonista del sandinismo sobrevivió a los avatares y desprestigio que ahora carga el sandinismo porque hizo lo que su destino le tenía preparado: se retiró de la política para dedicarse de lleno a la literatura, su verdadera vocación.
De ello da cuenta de manera somera, sin recurrir a documentos ni archivos, en el ensayo biográfico Adiós muchachos (Alfaguara, 1999). Pero ese libro breve, inspirado únicamente en sus recuerdos de la revolución, no son sus memorias políticas. “No pretendía aburrir a nadie con todos los detalles minuciosos de mis memorias. No quería que fuera visto como el libro de un disidente, me repugna esa palabra”, me dijo en una entrevista.
En 2014 se publicó Juan de Juanes (Alfaguara), su biografía literaria. Sabe que le hace falta la política. Pero, insiste, preferiría escribir un cuento como lo haría un narrador sobre su participación en la Revolución Sandinista o contársela a otra persona.
“Es cierto que yo tengo mucho que contar. Si alguien un día se sentara conmigo micrófono en mano con una grabadora y yo comenzara a responderle preguntas sería más fácil para mí que sentarme a escribirlo todo. La verdad no sé si interesa tanto hoy en día…”.
Más que la verdad histórica, de hecho, al autor le preocupa la realidad que refleja la literatura, y la que crea el novelista, que a veces termina siendo la verdad que todos prefieren creer.
“Ahora hemos regresado al concepto cervantino de novela. Novela es todo”, alega. Los pilares de su trabajo como escritor siempre han sido “diluir la historia real dentro de la ficción y crear una realidad paralela, que termina siendo la verdad. Es la gran arrogancia del escritor y al mismo tiempo, el gran triunfo del novelista”, confiesa.
Recuerdo cuando, en una ocasión a mediados de los años ochenta, en una entrevista con Jaime Wheelock, entonces uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN —otrora militante convertido en exitoso empresario—, me dijo: “Si querés anécdotas, cosas humanas e historias interesantes, el único que te puede ayudar es Sergio Ramírez. Él es el intelectual del Frente”.
En 1996 Ramírez perdió las elecciones como candidato a la presidencia de Nicaragua y allí cerró su amorío con la política para siempre.
A partir de entonces, su perfil como político se ha desdibujado bajo el peso de las historias que nos ha contado sobre el poder, sin duda su gran tema, la muerte, aunque también gusta de temas bíblicos y de detectives. En realidad, su obra literaria está impregnada de realidades latinoamericanas innegables.
Con su fiel compañera Tulita a su lado siempre, tiene una disciplina férrea y una pluma fina que le ha permitido destacar en el panorama literario de este nuestro siglo XXI desde que en 1998 ganó el Primer Premio Alfaguara y hace tres años, el Primer Premio Carlos Fuentes.
“Detesto escribir para ganar premios. Pero cuando uno los recibe, hay que disfrutarlos”. Y eso hará sin duda el Doctor Ramírez cuando reciba el Premio Cervantes el próximo 23 de abril en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
Así, el autor de Sara se convierte en el primer escritor centroamericano en ser reconocido con ese prestigioso galardón de literatura. Salió invictus de la mendacidad, de la política, para seguir su camino por las luces y sombras de la novela cervantina.

lunes, agosto 28, 2017

Crónicas indias. La reina de Mysore

Introducción

 En la India, la gente dice sí o no con un movimiento lateral de la cabeza, que deja a los extranjeros con la incógnita. El papel higiénico y las toallas de baño son artículos de lujo. Andar descalzo es habitual y quitarse los zapatos a le entrada de una casa es señal de respeto. Los muchachos y las muchachas no se tocan en público pero los varones (a veces también las mujeres) caminan tomados de la mano. En éstas dos crónicas de la periodista María Lourdes Pallais, que forman parte de una compilación de próxima publicación sobre sus experiencias como profesora de inglés en una universidad del sur del país (continente, en realidad), la autora escribe sobre ratas y seducciones.


La Reina de Mysore




De ese tamaño nunca antes. Pululan el mundo, tanto el occidental como el oriental, pero, con algunas notables excepciones, lo logran más o menos escondidas. En general, aparecen cuando nadie es testigo de su presencia. Como dios, son enormes e invisibles pero igual de fulminantes cuando se dejan ver. Al menos así pensaba la Mexican teacher1 recién llegada a la India de tierras aztecas.

Son veloces, esas aristócratas de la miseria, pero no vuelan. Se deslizan fugaces, cual Súper Niñas negras, grises y hasta blancas, obesas, embriagadas de desechos.

Ahí están entre paredes, pasillos, saltando entre alcantarillados, despojos de comida, niños escuálidos; rondando las habitaciones de familias sin agua potable ni tuberías (aunque también las hay en hoteles de cinco estrellas).

Pero los occidentales (algunos asiáticos también, cómo no) que dormimos en camas queen con sábanas de 500 hilos griegos en casas limpias con WC que apenas suenan después de que defecamos y se llevan las aguas negras muy lejos, apenas las vemos.

Y si llegan a rondar, silenciosas y sigilosas, entre esquina y esquina de nuestras cocinas, evitan ser descubiertas.

Pero ahí andan.

Como ésta de hoy —lunes feriado cuando la India cumple 70 años de Independencia de Gran Bretaña— ninguna antes. Menos desplazándose con donaire majestuoso, a sus anchas, sobre la cocina, los platos que no lavaron los jóvenes cocineros en esta Casa de Huéspedes Manasagangotri de la Universidad de Mysore, estado de Karnataka, en la India del sur.

“Ingreso exclusivo para personas autorizadas”, se lee en el anuncio sobre la puerta de la cocina, que está cerrada. El enorme cerrojo que convierte el lugar en un claustro aromático, sin llave, dando permiso de entrada a foráneos.

La Mexican teacher, que llega a dejar unas frutas en el refrigerador, no vacila en entrar muy quedito para no despertar al anciano que ayuda al joven mesero que ayuda a la señora lavaplatos y que seguramente descansa cerca, en una casita reservada para los empleados. Abre la puerta igual, sin hacer ruido (lo que no es fácil porque la madera está deteriorada, roída: sólo de verla cruje), despacito, casi en cámara lenta.

Encuentra la cocina sucia, el ambiente salpicado de olores a jengibre, cúrcuma, curry, chutney; el espacio repleto de platos sucios en el piso, a medio lavar. Comida y sobras de dosa sobre la repisa. Tazas de té con fondos tapizados de azúcar dentro del lavadero.

Como música de fondo, en algún lugar imposible de ubicar con el oído pero muy común en la India, unos cánticos callados. Eran pasadas las cinco de la tarde y los murmullos del atardecer, como los del amanecer, siempre llegan cargados de melodías lejanas. De pronto, ¡zas!, se desliza ella.

Corría como Antígona ante la autoridad, imposible salir a su paso, detenerla. Ella se arrastra sobre todo lo que encuentra, asustada de sentir a una intrusa. Porque eso fue la Mexican teacher para ella, la Reina. Una intrusa.

La Reina de Mysore es una enorme rata negra que se mueve, cual bailarina profesional, evidentemente dueña del lugar, un poco enojada —o quizás asustada— ante la injerencia de la visitante.

¿Qué hace un ser humano en su reino a esa hora? Y aún peor, ¡una extranjera!

La intrusa cierra la puerta con la esperanza de que ojos que no ven corazón que no siente. O imaginando que está ante una ilusión óptica, producto de ese exótico país indescifrable.

Respira profundo en un intento de imitar a su maestro yogui. Vuelve a abrir la puerta, aun con mayor cuidado que la primera vez. Y ¡zaz! Ahí sigue ella. Ahora corre hacia una esquina más privada, donde ya no la vería nadie, menos la intrusa. Faltaría más, ¡si era su reino!

“Las hay hasta en los hoteles cinco estrellas”, afirma displicente un catedrático de la Universidad de Mysore tras escuchar el relato. El concepto de higiene en la India difiere en mucho del Occidental. No es que una rata sea considerada como una posible mascota de un cocinero, pero su presencia en una cocina no es un asunto que requiere mayor intervención. 

La Mexican Teacher vuelve a cerrar la puerta de la cocina y sale despavorida hacia la seguridad de su recámara, convencida de que nunca más regresaría ahí, que tendría que comprar una suerte de mini bar para guardar frutas y verduras en su recámara. Pero que ahí no se aparecería para nada, menos para dejar frutas.

Busca con quién quejarse. A quién contarle la barbaridad que acaba de ver. Corre por aquí, se enoja por allá, buscando interlocutores. Hay pocos empleados en la Casa de Huéspedes de la Universidad. Es feriado después de todo. Hay aún menos huéspedes. Los que encuentra, la escuchan con indiferencia. O a lo mejor la entienden poco y piensan: otra extranjera histérica.

Con desgano, alguien llama a Ganesh, el cocinero mayor, un atractivo e inteligente muchacho de unos 22 años, cuya energía diáfana le recuerda a los Cachorros de Sandino en la Nicaragua de los años 80.

El joven y su mascota, un adorablepug, aparecen en la puerta de la recámara VIP de la Mexican teacher.

Ganesh llega cargado de ese brío del tesoro juvenil y esa inocencia seductora que emite ondas de vida y ganas de dar amor sin barreras. La intrusa se percata de que no habrá forma de quejarse pero está a punto de intentarlo.

El muchacho se le adelanta.

“Ahora mismo mato a esa rata. No se preocupe por favor. I am so sorry. Ya pongo veneno en la cocina. Le preparo algo de comida en otro lugar donde no esté ella. ¿Qué quiere comer? In five minutes, please.”

Imposible negarse. Lo que quieras cariño mío. En cuanto mates a la rata te espero. No importa que haya miles como ella. No importa que se desplacen como reinas en tu cocina. Aquí te espero corazón.

En menos de una hora (five minutes en la India), Ganesh, con una enorme sonrisa y mirada enternecedora, le lleva un par deomelettes con una deliciosa especie (curry o su similar). “Rat gone. No problem. Finished. Sorry Madam”.

No se va. Espera en el umbral de la puerta de la recámara, quiere ver la reacción de la Mexican teacher. Ella le agradece y lo invita a pasar para verla comerse los primeros bocados del manjar que le preparó quien sabe dónde, pero prefiere pensar que no al lado de la Reina de Mysore.

No ha empezado a saborearlo cuando Ganesh declara: “Pero con todo respeto, Madam, usted se equivocó. No es una rata. Es una ardilla”.

¿Una ardilla negra con una cola larga pero delgada que no saltaba sino que se deslizaba? Imposible. Sabía que en la India habían ardillas negras gigantes pero ésta era una rata, no gigante, sí enorme. Con una cola delgadita y larga. No peluda como las ardillas. Es una rata y punto. Pero no dice nada.

La Mexican teacher sonríe de nuevo. “Ok Ganesh, ok”, alcanza a contestar. La humanidad del muchacho contra la rata. Gana él. Y empieza a saborear el omelette sobre su escritorio, apartando sus papeles y computadora. Satisfecho, Ganesh se despide y cierra la puerta. El pug no lo deja ni un segundo.

Ahora sola, sonríe mientras come sin hambre pero divertida, ya no histérica. ¿Una enorme ardilla negra con una corta cola delgada que no saltaba sino que se deslizaba? Imposible, se repite.

Aquel lunes feriado, en el que la televisión local exaltaba las glorias de la India independiente del yugo británico, la intrusa ignora que en la India Occidental, en Rajasthan, hay un templo donde viven alrededor de 25 mil ratas consideradas sagradas.

¿Se habría perdido la Reina de Mysore del Karni Mata Temple y viajado miles de millas al sur hasta llegar a Mysore, la ciudad del yoga ashtanga? Eso nunca lo sabría. Sí: estaba clarísimo que la Mexican teacher había llegado a la India.


Crónicas indias. Ma’am y el portero

Crónicas indias (2). Ma’am y el portero



Había un halo turbio en su mirada pero el resto emanaba energía y entusiasmo. La recibió descalzo, con la camisa entreabierta, en el umbral de la Casa de Huéspedes Manasa* de la Universidad de Mysore, cuando su taxi se detuvo minutos antes de las siete de la mañana.
 “I am Manu, the gatekeeper”, le dijo casi sin mirarla, apurado por ayudarla a salir del vehículo, sacar las maletas de la cajuela y acompañarla a subir las escaleras tupidas de macetas con variedad de plantas coloridas.
(A mi eso me costará mucho trabajo. Que bueno que estará Manu para ayudarme).
Desplazándose de un lado a otro de la habitación cual conocedor de todas sus esquinas, en un inglés relativamente fluido pero con imposible acento hindú, Manu le explicaba los detalles de su nuevo habitat.
Primero, con orgullo de propietario (sin serlo), señaló el AC, un enorme aparato rectangular alojado arriba de una enorme ventana con vista al campus universitario, cerca de la cama también enorme, y enormemente dura. Lo prendió con un control remoto que le entregó a la visitante, rozándole levemente la mano. Ella sintió su piel cálida y ligeramente húmeda.
(No es necesario, no hace calor, la temperatura me recuerda a la de San Diego, en California).
No todas las recámaras tienen baño privado, explicó.
Ma’am is important professor here”.
(Tendré que aprender a ducharme sin ducha).
“But they are in kannada or hindi, Ma’am.
“Never mind. I want to watch them”.
El joven rodeó la recámara con sus ojos negrísimos como para asegurarse que había contestado todas las incógnitas que podría tener la visitante. ¡Ah! Le faltaba decirle dónde colgar su ropa y guardar sus maletas. Acto seguido, le informó cuál era el horario de las señoras de la limpieza, del desayuno, la comida y la cena.
“¿Who pays for food? ¿English Department?”
“No, I will”.
Le dio la clave del internet, que nunca funcionó.
(Tiene razón de ser tan detallistaTodo es información vital para una recién llegada porque ningún código occidental para la vida cotidiana funciona en India).
Abría y cerraba el closet, los cajones de las dos mesitas de noche, siempre con la idea de explicarle esto o lo otro.
“Six months, a long time. You have husband?”
Ella empezó a sentirse invadida, un poco sofocada. Solo atinó a contestar con varias sonrisas mecánicas y un par de lacónicos yes, no, thank you.
“Excuse me Manu, I need to use the bathroom”.
“No towels Manu”.
De pronto, Manu le largó un tosco abrazo.
(Es posible que se trate de una ‘caricia’ amable de bienvenida). No debía interpretar nada más que eso en el gesto del joven que la había recibido con tanto entusiasmo.
Todo así hasta que, siempre con rostro impávido, Ma’am recibió un segundo abrazo tosco, ahora más apretado y ya no tan espontáneo.
(¿Un gesto de amabilidad, de bienvenida? Quién sabe).
De pronto, con ojos desorbitados, el joven agarró cada uno de sus senos con cada puño, los acarició con torpeza y en segundos, los soltó. ¡Plop!
Ahora sí estaba asustada pero trató de disimularlo.
Ella respiró profundo. ¡Puff! Quería descansar. Ya luego pensaría cómo reaccionar. Recogió la llavecita del piso, cerró su recámara VIP3 por dentro y se echó a dormir lo mejor que pudo.
You probably misinterpreted him..
It is your version against his…
He is probably the Chancellor’s protégé…
Don’t get involved in this…
Leave it alone…
Yes Ma’am, sorry Ma’am. Apologies Ma’am. He is not a permanent employee…

Terminaba el verano y se esperaban lluvias ligeras en Mysore, recién nombrada “la ciudad mas limpia de India”, legendaria por sus maestros de ashtanga yoga.
Como estaba molida tras dos días de viaje transatlántico, le cayó de perlas que alguien tan diligente como Manu la recibiera en su nuevo hogar a miles de millas de distancia de México, su puerto de salida al otro lado del mundo.
Alto, imponente en su juventud, tomó las dos maletas en silencio y la guió a la recámara VIP3, muy cerca de la entrada del hermoso inmueble, mientras sus rasgados ojos negros giraban hacia ella de reojo, con disimulo o timidez.
Sacó del bolsillo de sus shorts una llave minúscula y con destreza, ¡clack! abrió el enorme candado de hierro viejo de la amplia recámara.
Luego de intentar que la visitante se sintiera halagada por estrenar un AC moderno en su recámara, la condujo al baño privado adjunto.
Entraron. Él primero. Siempre con orgullo casi caciquil, Manu le mostró el wc: una taza estilo occidental, no un hueco con dos huellas disecadas a la derecha y a la izquierda del piso para colocar los pies y agacharse para hacer sus necesidades como ella temía. Al lado derecho, una suerte de manguera empotrada en la pared que había que jalar para limpiar la taza de los restos que quedarían.
Y le señaló un detalle fundamental: no había ducha, solo dos llaves -una para el agua fría y otra para la caliente- a la altura de las rodillas para bañarse con la ayuda de un balde.
Tras repasar el protocolo del baño, ambos salieron del lugar por la estrecha puerta de vidrio, uno al lado del otro, demasiado cerca sus cuerpos tratándose de dos extraños.
Con el mismo entusiasmo y la misma mirada esquiva, Manu continuó con su tarea de guía.
Le explicó a Ma’am la complicada manera de prender la pantalla planta de la televisión y acceder a canales internacionales en inglés. Ella quería ver los locales. Manu se sorprendió.
Confundido por lo que parecía una solicitud ilógica de una extranjera que nunca había estado en el estado sureño de Karnataka, mucho menos que entendiera el kannada –una de más de 20 lenguas dravídicas del sur de India- procedió a demostrarle cual botón era para cual canal. Intentó programarlos para facilitarle las cosas, pero le resultó imposible. Se dio por vencido rápidamente, siempre mirándola de reojo.
Manu se acarició ligeramente la barbilla y el lacio cabello todavía húmedo del baño que habría tomado antes de que llegara la visitante, e hizo un gesto que ella después entendería quería decir “entonces se le va a complicar el servicio”, pero que en ese momento pasó inadvertido.
Ma’am empezaba a perder un poco la paciencia, quería descansar. Manu no parecía acabar nunca. No querría dejar nada al azar quizás. 
Fue entonces cuando ella se percató que el joven tenía un cuello larguísimo, elegante, estilizado.
De pronto, amablemente, pero sin retórica ni tapujos, siempre mirándola de reojo, le empezó a hacer preguntas personales.
Y más preguntas. Que si tenía hijos. Que porqué se quedaría tantos meses. Que si había traído chocolates. Que si tenía hambre. Que si hoy mismo empezaban sus clases.
Y seguía desplazándose nervioso por la recámara. 
Hubo un silencio incómodo dos, quizás tres, minutos. Pero el joven no daba señales de dejarla sola.
Entró y notó que no había toallas. Cuando salió, ahí estaba Manu, demasiado cerca de la puerta de vidrio. Ahora sus enormes ojos parecían querer comérsela. Se apartó ligeramente para dejarla salir.
Entusiasmado porque podría seguir apoyándola, Manu salió disparado de la recámara para traerle el preciado objeto doméstico del que su baño carecía. Hasta entonces, el único error aparente.
Regresó en menos de cinco minutos, tiempo récord en India para cualquier gestión. Ella seguía un poco aturdida pero demasiado exhausta para analizar nada con detenimiento.
Como si tuviese temor de tocarla, con agresividad reprimida, la apretó por segundos larguísimos contra su pecho moreno semi desnudo. Ella se desconcertó pero carecía de energía para reaccionar, responder el gesto o rechazarlo. Optó por ignorarlo con una mueca discreta que ella misma no reconoció.
Su instinto también le habló al oído. Necesitaría un aliado leal en ese lugar extraño al que llegaba desde muy lejos y, hasta el momento del abrazo abrupto, pensó que el solícito joven sería el candidato perfecto. Y además era guapísimo el condenado, un plus sin duda alguna.
Al margen de su cansancio, lo importante era que Manu se estaba convirtiendo en su guía fiel, amigo y aliado. Lo demás era lo de menos.
Manu seguía con el rostro impávido. Ella sin reaccionar.
Manu dejó de mirarla de reojo. Dio media vuelta y salió de la recámara, dejando caer la pequeña llave que había permanecido colgada en el candado oxidado.
Ni buenos días ni Good Bye Ma’am ni nada parecido.
En ese momento, no se percató de que había sido “molested”, como se dice en India, donde ese tipo de acoso sexual, a veces con consecuencias impredecibles, sucede hoy como más frecuencia que nunca. 
Acababa de aterrizar y desconocía que la tradición milenaria prohíbe que un hombre toque a una mujer en India -ni con el pétalo de una mano-, salvo que sea el padre, esposo o hermano.
Ma’am reportó el incidente ante sus responsables de la universidad, pero nadie le creyó mucho. Sencillamente no la tomaron en serio. 
Dos colegas mujeres, indignadas, también reportaron a las autoridades universitarias la versión de Ma’am pero igual, tampoco las tomaron muy en serio. 
Como estaba claro que Manu, que era muy popular, había ganado esa partida y logrado enrarecer el ambiente de la casa de huéspedes, Ma’am optó por tomar sus propias medidas. Seria y tajante, ordenó al administrador del lugar que el joven no se acercara nunca más a su recámara. En eso sí le hicieron caso. 
Lo que siguió entre ella y Manu –que no se llamaba así, le había mentido, su verdadero nombre era Viney- fue una suerte de batalla de miradas mutuas. Ella, de frente, lo retaba silenciosa cuando se lo topaba en los pasillos (no te me acerques cabrón, decía con los ojos). Él, paseándose descalzo por los espacios comunes del Manasa Guest House, a veces con el pecho descubierto, se mantuvo mirándola de reojo, cual seductor lejano, intocable.
México Junio 18, 2017 http://cultura.nexos.com.mx/?p=13236